Inmortalidad – Relato erótico

Chapoteaba desnuda en su lago cuando lo vio por primera vez. Observó su piel cubierta por una espesa mata de pelo; las robustas patas de macho cabrío, el torso musculoso, las orejas que resaltaban puntiagudas en su rostro barbudo, los dos cuernos imponentes que coronaban su cabeza. Supo que era Pan, dios benevolente de los pastores, de los rebaños, de la vida salvaje; protector de la Arcadia y de todos sus bosques, campos, cuevas, cañadas, fuentes y animales que la habitan. Pero también el dios que con su ira causaba los temores imaginarios, la alarma súbita que atenazaba los miembros y el pánico, palabra que define el miedo absoluto y cuya raíz es su nombre.

Pero ella no sintió miedo, sino una ternura infinita. Pan consolaba a una oveja descarriada con una voz musical que le recordó al susurro del viento entre los árboles. ¡Cuánta delicadeza en sus manos nudosas como las ramas de los olivos!

A partir de entonces, se dedicó a espiarle cuando se encontraba cerca del lago. Pan curaba animales heridos, flores pisoteadas, troncos quebrados por la furia de un rayo, colmenas de abejas saqueadas por la avaricia del hombre. Eran tan parecidos… tanto que cuando le escuchó tocar su siringa, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no descubrirse y bailar al compás de la melodía.

Un día, el dios de las brisas del amanecer y del atardecer, se recostó a la sombra de un sauce llorón que verdeaba a la orilla del lago y se quedó dormido. Era tan hermoso… ¡Cómo pudo repudiarlo su madre! ¿Acaso no vio la luz que irradiaba de él? Las lágrimas se deslizaron por su rostro hasta que el rubor las sustituyó. El miembro de Pan se hinchaba lentamente y pronto se irguió en toda su plenitud. Era enorme, venoso, firme y su punta refulgía bajo la luz del sol que se filtraba entre las hojas.

La ternura dio paso a un deseo visceral, a una humedad que se deslizó por sus muslos, a un fuego que hacía borbotear el agua. ¡Qué hacer! Todos sabían que era el rey de los sátiros, que había gozado de los placeres de todas las ménades en las bacanales de Dionisio, que había amado a Siringa cuyo recuerdo honraba tocando su flauta de cañas. Y ella era solo otra Náyade, una ninfa cuya vida dependía del lago al que estaba unida. ¡Cómo competir con las Alseides; con Eco, de cuya voz salían las palabras más bellas jamás nombradas; con Selene, la diosa lunar de piel pálida y etérea! ¿Con cuál de ellas soñaba Pan?¿Qué recuerdo le había excitado?

Buceó hasta las profundidades del lago para enfriar su cuerpo, pero el deseo la impulsó hasta la superficie y emergió, desnuda, como Afrodita. ¡Os juro que jamás ha pisado la Tierra un animal más salvaje! Se acercó a Pan lentamente, con pasos suaves que apenas doblaron los tallos de los tréboles, y se arrodilló frente a él. Tomó su miembro y comenzó a acariciarlo. Primero, con dulzura; luego con la fuerza del deseo que latía en su vientre. Él despertó. Sorprendido, la miró a los ojos que se clavaron en los suyos mientras su pene erecto desaparecía en la hondura de su boca, acogido por unos labios que chupaban, acariciado por una lengua que lamía todas las venas en las que se agolpaba la sangre, recibido por una garganta que no tenía fin. Apresó los largos cabellos con las manos nudosas y guió a la cabeza hasta que el fuego que ardía en la base se derramó imparable. Pero ella siguió mamando para tragar la última gota, para sentir su miembro crecer debajo de su lengua, para acogerlo, de nuevo, en su garganta.

Lo tomó de la mano y se sumergieron en el lago. En sus aguas, clavó las manos en sus hombros, entrelazó las piernas en su cintura y le guió a su interior cálido, palpitante, elástico en el que, tras cientos de embestidas, Pan derramó, otra vez, su esencia.

Pero ella no estaba saciada y lo aprisionó con los muslos, movió sus caderas, mordió la lengua que culebreaba en la suya hasta que el miembro del rey de los sátiros se irguió para horadar su vagina, hasta que sus manos fuertes la giraron para penetrarla por detrás, hasta que sus colmillos se clavaron en la espalda arrancando un gemido y un orgasmo. Y otro. Y otro. Y otro, mientras ella gritaba y suplicaba que no parase nunca, que la tomara por siempre, que le concediera un placer que jamás tuviera fin.

Dicen que ha muerto el gran dios Pan, pero ella sabe que no es cierto. Él vive a la sombra del sauce llorón que hunde sus raíces en la ribera del lago. Durante el día, curan a los animales heridos, a las  flores pisoteadas, a los troncos quebrados por la furia de un rayo, a las colmenas de abejas saqueadas por la avaricia del hombre. Al atardecer, él toca su siringa para ella hasta que el fuego la invade. Entonces, le coge de la mano para sumergirlo en las aguas, entrelaza sus piernas en su cintura, acoge su miembro descomunal en la hondura de su sexo cálido, palpitante y elástico para gozar de un placer que jamás tendrá fin.

Autor entrada: Miguel Ramírez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *