El amante de mis sueños

Te recomendamos reproducir la canción que anexamos mientras realizas la lectura para asegurarte un clímax artístico.

La noche está tan oscura que mis ojos no consiguen acostumbrarse a ella. Ni siquiera después de parpadear durante un largo rato. Solo noto el peso de tu cuerpo en la cama. Y el ruido que hacen los muelles de un colchón demasiado viejo cuando te sientas a mi lado. Y luego, el hueco que has dejado al levantarte. Pongo la mano. Las sábanas arden. No estás. Ya te estoy echando de menos.

No. No tengo miedo. Fantaseo con tu cuerpo y tus manos huesudas. La forma de tu rostro sin forma. La pulsera de acero que llevas en tu muñeca derecha tintinea ligeramente y me permite saber dónde te encuentras ahora. La pulsera roza mi cuerpo. Está fría, muy fría. Eres el alivio obsceno del cuerpo llevado al límite. Yo podría olvidar que se puede vivir de otra manera, sin estar encadenada a tu sexo, en estos diez metros cuadrados de habitación, lejos de la ansiedad que carcome el alma. Calentita, entumecida. Pero no quiero. Sé que soy tu presa de caza mayor. Y nada cuenta más para mí que ese momento. Me gustaría disolverme en ti, en ese instante, así, chasqueando los dedos. Desnuda como un gusano, rabiosamente tuya, me escondo debajo de las sábanas mientras, ligero, sobrevuelas mi cama, luego de haber sobrevolado mundos que te condujeron a mí. Llevas siglos buscándome.

Sí. Me entregaré. No temas, amor mío. Mi cuerpo, mi aliento vital, mi alma son tuyos. ¡A la mierda la redención! Tu infierno es mi cielo. Llevo siglos buscándote.

La pulsera de acero ya no resuena. Te pierdo nuevamente por un momento hasta que, descarado, buceas bajo las sábanas que ya no huelen a suavizante. Ahora, todo tiene un regusto a prohibiciones. Siento tu cuerpo trepar rápidamente sobre el mío como un bicho malévolo. Dejas un halo de luz verdosa sobre mi piel, que ilumina súbitamente la tienda de campaña que han construido nuestros cuerpos con las sábanas. Es tu deseo que supura. Cierro los ojos abandonándome.

Sí. Empiezo a tener miedo. Y tú te alimentas de mí, muerta de terror. Pero estoy húmeda. Es mi deseo por ti que llora. Llora cuando tu mano se acerca y una uña afilada me acaricia el cuello, dispuesta a cortar la yugular de un momento a otro. Me estremezco. Mis ganas de ti retuercen mi cuerpo, mis venas se hinchan bajo mi piel pálida. Las vas pinchando poco a poco con tu uña de dragón. Desángrame para siempre, amor mío. Levanto mi pubis hasta tu boca. Chupa, chupa todo lo que quieras, mi amor. Estoy totalmente ofrecida. Tus escamas me frotan la vulva e irritan mi clítoris, que pide, con un  grito sordo, ser engullido por esta boca de lagarto. Me atrevo a tocarte. Tu piel está tirante y las escamas óseas enormes a lo largo de tu espalda son increíblemente gruesas. Empiezas a succionar mi clítoris que aumenta vertiginosamente de volumen. Lo mordisqueas con suavidad al principio. No puedo evitar dejar escapar un largo gemido. Fuera de la cama, siento que el aire de la habitación se condensa y se torna asfixiante. Los diez metros cuadrados ya no existen. Todo se reduce a una burbuja en la que nos encontramos, tú y yo. Desde hace siglos ya. Desde hace siglos, amor.

Te acoplas sigilosamente a mi cuerpo y, en un abrir y cerrar de ojos, veo tu polla enorme penetrarme. Me embistes con tal fuerza que es todo mi cuerpo el que es sacudido. Mis tetas se mueven con violencia y se aplastan ruidosamente contra mi tórax. Me pellizcas los pezones sin preocuparte por el dolor que siento. Mientras vas y vienes en mi coño, me lames con gula y me muerdes. Sabes que me gusta. Lo leíste en mi mente. Hace siglos ya. Mientras, el chapoteo del deseo se hace cada vez más ruidoso y tu excitación me llena por completo. Adoro cuando tu polla palpita dentro de mí. Adoro cuando tu voz profunda y gutural susurra cosas ininteligibles.

Te desplomas sobre mí con un grito infrahumano, me aplastas, temblando. Parece que toda tu energía desaparece con el placer. Mi coño rebosa de este líquido pegajoso y brillante que se escurre entre mis piernas. Paso mis manos, masajeo, extiendo tu semen encima de mi vientre porque no quiero perder nada de ti. Quiero que entres en mi piel, que te hagas con todas mis células y las hagas mutar para siempre.

Tus garras me aprietan el cuero cabelludo y me das un fuerte tirón en el pelo. Me haces bajar hasta tu pene monstruoso, que a duras penas puedo acoger en mi boca pequeña. Mi mandíbula se tensa. Quiero recibirte sin despedazarme. Mamar como un bebé.

Tu olor es amargo, un poco ácido. Tu veneno. Con ayuda de mi lengua, voy acariciando mis encías, esparciendo tu fluido verdoso en toda mi mucosa, mientras tus ojos enrojecidos me observan.

Me miras satisfecho, amor mío.

Ya muda mi piel.

La recoges entre tus largos dedos afilados que amenazan con abrirme en canal. Satisfecho.

Íncubo mío.

Te quiero.

Desde hace siglos.

Íncubo mío. Amante de mis sueños.

Autor entrada: Miguel Ramírez

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