Al ritmo de la música

Es la más guapa, la que mejor baila y a la que mejor le quedan las mallas.

Y ahora me está mirando.

Aparto los ojos del espejo para no verla reflejada en él y me concentro en los movimientos de la profesora: pierna derecha hacia adelante, brazo izquierdo hacia atrás y cambiamos. Hago el paso un par de veces más hasta que por fin le cojo el tranquillo y lo repito cuando oigo la música.

―Estupendo, Elena. ¿Quieres venir aquí delante para que tus compañeras vean cómo lo haces?

La instructora de baile se pierde por la sala. Oigo su voz al fondo, diciéndole a una compañera que tiene que levantar un poco más la pierna. Elena se pone en el centro y comienza a bailar. La música vuelve a sonar y, en esta ocasión, no soy capaz de no mirarla, como tampoco puedo negar que hace el paso perfecto.

Mueve la pierna derecha y el brazo izquierdo de forma simultánea, con esa agilidad que tiene siempre.

A pesar de que sujeta su propio peso en una sola pierna, la izquierda, no pierde el equilibrio en ningún momento.

Mira al frente, como siempre nos dice la profesora que hagamos.

Se mueve al ritmo de la música, sin perderlo.

―Recuerda que los movimientos deben ser limpios. Aguanta un poco más antes de volver a tu posición inicial, ¿vale?

Doy un respingo cuando me doy cuenta de que la instructora se está dirigiendo a mí, porque estaba tan concentrada en imitar los movimientos de Elena que no la he oído acercarse. Asiento un par de veces y repito el paso para demostrarle que he entendido sus comentarios y que soy capaz de mejorar.

―Bien, ahora mejor ―susurra, dándome un apretón de ánimo en el hombro―. Trata de dejar tus preocupaciones fuera de la sala, hoy estás muy distraída…

Se aleja lo suficientemente rápido para no ver cómo el rubor tiñe mis mejillas. Miro de soslayo a mis compañeras para asegurarme de que nadie se ha dado cuenta y vuelvo a clavar mis ojos en Elena. Esta vez recorro sus piernas, ascendiendo poco a poco por su cuerpo. Son fuertes, musculadas. Me pierdo unos instantes en el trasero que le hacen esas mallas negras tan pegadas y cuando me doy cuenta me estoy mordiendo el labio. Sigo subiendo hasta encontrarme con su espalda y esos costados curvados. Lleva el pelo recogido en una coleta alta, lo cual me permite ver su nuca perlada de sudor y siento el impulso de besar esa zona de su cuerpo.

No soy consciente de mis propios pensamientos hasta que me tropiezo y la profesora para la música. ¿Cómo se me ocurre? ¡Estoy rodeada de gente! Cualquiera podría darse cuenta, si hasta mi cuerpo reacciona solo. Por lo menos, creo que soy la única que sabe de la humedad de mis bragas. Entonces pasa lo de siempre: me pregunta si estoy bien, vuelvo a sonrojarme, me humedezco los labios, me abrocho la sudadera solo por hacer algo que no sea mirarla a ella o a Elena y respondo:

―Sí, no pasa nada.

Dejamos aquí la clase, por suerte. Me despido de todas, aunque tan pronto como se vacía el aula me coloco en el medio y suspiro antes de ponerme a bailar. Repaso la coreografía, luego la practico un par de veces más con la música. Algunos pensamientos revolotean por mi mente, pero sigo moviendo los brazos a la vez que observo mi reflejo en el espejo.

Diez o quince minutos más tarde ya estoy agotada. Recojo mis cosas y me dirijo al vestuario. Todas se han ido, excepto Elena. Yo siempre me quedo bailando un rato más, ella siempre tarda en arreglarse. Me desvisto de espaldas a ella antes de meterme en el primer cubículo que veo.

El agua caliente hace que toda la tensión y la autoexigencia desaparezcan también por el desagüe. Oigo cómo se abre la puerta y, antes de poder darme la vuelta, unos brazos me atrapan. Por cómo huele sé perfectamente que es Elena y la sorpresa desaparece para dejar paso a la excitación cuando noto sus pezones duros contra mi espalda.

―¿Qué haces aquí? Podrían pillarnos ―susurro.

―Shhh… no hagas ruido y nadie sabrá que estamos aquí.

No ha acabado de hablar y ya siento su mano desaparecer entre el terreno prohibido de mis muslos. Al principio los mantengo juntos, pero Elena explora con insistencia y acabo rindiéndome a sus caricias. Noto cómo separa mis pliegues y echo la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro.

Ella aprovecha mi cercanía para besar y morder mi cuello provocándome escalofríos. ¿Es que tiene que hacerlo bien? ¿No podía ser buena solo en el baile? ¿No le bastaba con tener un cuerpazo? No, también sabía exactamente cómo mover los dedos y dónde colocarlos.

Sé que ha descubierto mi humedad cuando suelta una risita contra mi oído. Tengo calor, mucho calor. A pesar de tener los ojos cerrados palpo la pared hasta dar con el grifo para bajar un poco la temperatura del agua, aunque no es suficiente: Elena aprovecha para darme media vuelta.

Nuestras miradas se encuentran al fin. Poco después lo hacen también nuestros labios y nos sumergimos en un beso desesperado. Noto las gotas de agua tibia resbalando por mi piel, atrevidas. Suelto un gemido que queda ahogado por la boca de Elena quien, divertida, me empuja contra la pared del cubículo. Puedo ver su cuerpo desnudo contra el mío y disfruto de la imagen. Las curvas que había visto por encima de la ropa están más pronunciadas ahora.

Sus manos regresan a mi cuerpo y parecen multiplicarse ―sé que tiene dos, pero siento diez las que me están tocando―. Las caricias en mis zonas más sensibles, su cuerpo contra el mío, el agua chocando contra mi piel, el morbo de estar tan expuestas… todo eso hace que pierda la razón y me deje llevar por la situación.

Separo las piernas ligeramente, ya no puedo ni quiero resistirme más. Sin previo aviso, sus dedos se clavan en mí en una agradable tortura. Muevo las caderas, me ayuda a sentirla todavía más hondo. Arquea los dedos dentro de mí con movimientos rítmicos, precisos. Yo rodeo su cuello en busca de algo de apoyo para no caerme y acabo mordiendo su hombro tan fuerte como me embisten sus dedos.

Pocas veces me he sentido así, tan excitada. Todo esto me está haciendo enloquecer. Gimo bajito, contra su oído, luego le muerdo el lóbulo. Sus labios me buscan y me encuentran, pero se separan unos instantes para pedirme:

―Vamos, hazlo. Vente para mí.

Su voz suena ronca y sonrío. Claro que lo voy a hacer. En este momento no se me ocurre otro plan mejor que alcanzar el orgasmo junto a ella, para ella. Y es que, aunque no se lo haya dicho, llevo mucho rato excitada por su culpa: por nuestra rivalidad, por su cuerpo, por su mirada, por la forma en que siempre competimos en la clase de baile.

Gimo una vez más contra su piel, ahora de forma más audible. Elena se da por aludida e inicia una serie de movimientos todavía más rápidos y profundos. Su pulgar ahora ha atrapado mi clítoris y lo acaricia sin tregua…

Estoy muy cerca y en esta ocasión soy yo la que busca sus labios. Los uno con los míos en un beso feroz, notando cómo mi cuerpo se abandona por completo al placer. Mi espalda se dobla y mis músculos se contraen unos segundos antes de dar paso a un orgasmo que parece recorrer toda mi anatomía.

Entonces me siento tan vulnerable que tengo la sensación de que me voy a caer cuando mis piernas comienzan a temblar. Por suerte, Elena me agarra por la cintura y me recompensa con suaves besos en la mandíbula.

Mi respiración no quiere volver a la normalidad y el placer todavía inunda mi cuerpo por completo. Un cosquilleo en mi estómago me recuerda dónde estoy, qué acaba de pasar. Miro a Elena para descubrir su semblante tranquilo y seductor, como siempre. Le devuelvo esa sonrisa que viste, acercándome a ella.

Su mano detiene la mía cuando se dirige a su sexo desnudo. Nos miramos a los ojos.

―No. Este ha sido tu premio por la clase de hoy, lo has hecho muy bien.

―¿Pero tú no…?

Asiente de esa forma tan significativa diciéndome que sí.

―En casa. Te espero allí con la cena preparada, cariño ―suelta antes de irse, quién sabe si a planear otro de sus jueguecitos, estos que me lleva preparando desde que nos conocimos.

Autor entrada: Miguel Ramírez

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